Una antigua leyenda hebrea cita que todas las almas antes de viajar a la tierra son una entidad dual, luego hombre y mujer son separados y enviados a descender al mundo físico. Aquí comienza un largo viaje de regreso hacia la Fuente (Dios). Cuando alcanzan el nivel de madurez individual se encuentran de nuevo y se reúnen para ser una sola, a esto se le llama almas gemelas.
Simón Durán pensaba en esto con frecuencia. Creció en una familia de judíos que lo adoptaron cuando era solo un mocoso de cabello prieto y actitud de mafioso, que se la pasaba robando frutas del local de sus padres adoptivos antes de que estos lo agarraran, le dieran una buena ducha con jabón por primera vez en su vida y comenzaran a enviarlo a la escuela y alimentarlo como Dios manda. La mamá que parió a Simón era una mujer amarga, y de mirada perdida, que se la pasaba envuelta en los vahos de la droga y la prostitución. No le importaba que su hijo se fuera con esta familia, tenía tantos, que ya había perdido la cuenta y Simón solo era una boca mas para alimentar. Mejor para ella si se lo sacaban de encima.
El niño creció entre pachangas y fiestas, porque si algo tenían los judíose era saber celebrar. En su casa había más días festivos que en cualquier otra y sus padres se tomaban esto muy en serio. Llenaban mesas con decenas de platos exquisitos y frutas exóticas. Los vegetales de la huerta de su padre adornaban la mesa
con esplendor; era una rumba de colores y sabores.
Lo iniciaron desde temprano en el estudio de la Torá y el Zohar, así que Simón aprendió acerca de las almas, la encarnación y la corrección del destino, antes que de ángulos obtusos y paralelepípedos. Se convirtió en un hombre inteligente y letrado, pero mantuvo ese léxico de rufián y el andar descarado que tanto trataron de corregirle. Eso le daba un aire sensual de pillo que atraía miradas y arrancaba suspiros,sobre todo de las mujeres. Su madre que lo conocía a la perfección, se dio cuenta que si desde pequeño no le enseñaba a ser selectivo con sus conquistas, tendría en poco tiempo un séquito de bastardos de diferentes madres tocándole a la puerta. Por eso le repetía constantemente la importancia de no estar con cualquiera, ocasionando en él un efecto contrario, ya que se encamaba con la primera mujer que le pasara por el costado.
Estas tristes almas llegaban a los brazos de Simón, vivían un vendaval de pasiones momentáneas, y luego de pasada la excitación del momento, volvían a salir de su vida como si nada, una de ellas fue Isabella.
Isabella era una mujer con una belleza abrumadora, piel lechosa, senos de ninfa, labios de beso y sus piernas infinitas. La conoció en uno de esos bares a los que asistía con frecuencia con el pelo engominado y sus zapatos de baile, tan lustrosos que Isabella podía reflejarse en ellos como en un espejo, y aun en ese charol oscuro su rostro se veía como la encarnación de un ángel. Llevaba un corsé de encaje blanco y una falda de cuero negro tallada al cuerpo. Iba envuelta en un chal rojo fuego que la hacía resaltar entre las cientos de mujeres que allí se encontraban. Simón la divisó recién entró al lugar y de inmediato se acercó con una de sus tácticas infalibles, ante la cual Isabella cayó redonda. Vivieron un tiempo de pasión desmesurada y pasada la euforia, se aburrieron el uno del otro sin más remedio. Lo único que los unía era un deseo sexual frenético. Isabella amaba sentirse adorada por ese hombre que no la dejaba ni respirar y a Simón le gustaba sentir las miradas de envidia cuando paseaba con esa hembra aferrada a su brazo; era su animal de carreras, su yegua de competencia, pero luego de un tiempo se dio cuenta de que no era más que una mujer bonita, y decidió explorar otros horizontes.
Con Ani la cosa duró más tiempo. Annia era una mujer sin igual… Vivía enredada en las nubes con sus historias místicas de caballeros y animales mitológicos, renuente a crecer y a madurar. Desaparecía cada dos por tres y reaparecía a los días con una historia nueva para contar. Simón nunca se aburría con ella. Le encantaba dar largos paseos a la luz de la luna, cantar boleros con su voz ronca de ruiseñor y el aliento le olía a aguardiente, a caña, a gloria, cuando daba un beso. Por la mañana sus largos cabellos color miel amanecían enredados entre los dedos de Simón, y eso le gustaba, le encantaba amanecer enmarañado a esa mujer como un mosquito atrapado en su telaraña.
Pero Ani era libre, nada podía retenerla y un buen día se fue con su guitarra al cuello a cantar boleros a otros lugares.
Con las rupturas Simón pasaba algunos días de despecho; escuchando rolas tristes, tomándose hasta el agua de los floreros, y despotricando del amor y las almas gemelas; pero nada de esto lo preparó para lo que viviría con Marta.
Marta era una maestra de literatura que trabajaba con niños con dificultades en el aprendizaje. Era redonda y lisa como una manzana, pero de cerca era completamente amasable. Tenía ese color moreno de la gente que disfruta del mar y una risa contagiosa que sonorizaba cualquier lugar en el que se encontrara. Marta era como una madre, siempre atenta a las necesidades de Simón. Le preparaba sus platillos favoritos; incluso hizo un curso de cocina judía y un día lo sorprendió con un festín de farfalaj, shakshuka, hummus y pan jalal que habría sorprendido mucho a su madre y que lo transportó a otras épocas mejores. Disfrutaba al lado de esta mujer cálida que jamás le llevaba la contraria y olía a sandia y coco. Le gustaba hacerle el amor con la luz encendida para ver sus carnes moverse ante sus embestidas pasionales y luego, ya extenuado y feliz, se enrollaba como un niño entre sus enormes pechos morenos. La relación con Marta duró varios años de infinita paz, hasta el día en que ella se fue de viaje a una aldea indígena en un país remoto, para liderar una misión de alfabetización a niños de escasos recursos, y no quiso regresar, porque en esa espesa selva llena de mosquitos y mapanares, había encontrado su destino y no era precisamente Simón.
Perder a Marta significó una catástrofe para Simón. Sin ella se encontraba perdido. Su madre al verlo tan mal le pidió que se fuera unos días a vivir con ellos y de esa forma pudiera recuperarse, a Simón le pareció buena idea, ya que para él su madre era un lugar seguro y su familia siempre había estado en los momentos más difíciles. Así que se mudó con ellos mientras su corazón sanaba.
Con el tiempo decidió que era momento de mirar a otro lado y pensó que si con las mujeres no funcionaba quizás los hombres podrían ayudarlo. Salió con algunosque conoció y que le causaban curiosidad, quería explorar otras áreas del sexo que con las mujeres no había podido. Él sabía que el lugar de mas placer en el hombre estaba en la próstata y que el camino más facil se encontraba en su retaguardia, pero se le quitaron
las ganas de seguir probando, luego de pasar varios días sin poder sentarse bien después de tener un arrebato de pasión con un caballero muy bien dotado.
Tiempo después conoció a Sarai. Sari, como él le decía, era una jovencita consentida con la que pensó divertirse un rato. Ya era un hombre que rondaba los cuarenta y pensó que necesitaba algo que le inyectara una dosis de adrenana y lo hiciera sentirse de nuevo en el ruedo, recordándole a aquel hombre atractivo y seductor que siempre había sido. Sarai estaba llena de vida; pura rumba ybulería. Estaba al tanto de todos los lugares de moda de la ciudad y tenía un aguante impresionante para la fiesta y el alcohol, benditos veintes — replicaba Simón cuando se acostaba en su cama muy adolorido y mareado por toda la jarana. La chica era metro y medio de intensidad y locura: energía pura en movimiento. Simón estaba agotado; no dormía bien, olía siempre a alcohol y además se estaba quedando pobre, la niña gastaba su dinero en ropa, fiestas y chiches; como si este creciera en la punta de los árboles, si no quería quedarse pidiendo limosnas debería parar de una vez.
Cuando se encontraba solo en su cuarto Simón reflexionaba sobre el rumbo de su vida. Estaba en una edad donde solo quería encontrar a alguien que lo esperara en casa con una cena caliente y una charla agradable. Su madre le recordaba siempre que podía, la importancia de hallar esa parte de él que andaba rodando por el mundo y por primera vez pensó seriamente en el tema de las almas gemelas. Si bien es algo que siempre había
escuchado, hasta ese momento la información no le había sido útil. Pero para Simón, el juego había acabado. Estaba harto de ir tras todas las mujeres, así que emprendería un último viaje para encontrarse con la mujer de su vida.
Simón le escribió un largo correo a Marta. Se preguntaba si aún luego de esos años seguía en esa selva enseñando y quiso verla, comunicarse con ella luego de tanto tiempo. Al contrario de lo que él creía Marta también lo recordaba, y tenía ganas de verlo. Seguía viviendo fuera del país pero le extendió una invitación a Simón para visitarla. El hombre estaba eufórico, necesitaba de nuevo encontrarse con el toque y la calidez de Marta, verla y saber que estaba bien, ha sido la única mujer que ha amado realmente, no quería perderla de nuevo, así que pidió unas vacaciones en su trabajo, y emprendió el viaje más largo que había hecho por una mujer…
Cuando se encontró con Marta fue muy parecido a la primera vez, la vio a lo lejos, más morena que nunca, primorosa y con su olor a sandía intacto. Tuvo el impulso primitivo de cargarla y lanzarla por los aires como un adolescente enamorado, pero se contuvo por temor a que esta no fuera la misma mujer que lo había dejado con el corazón hecho trizas. Tuvieron tiempo para ponerse al día y se dio cuenta que Marta no había cambiado nada, seguía tan alegre y cariñosa como siempre.
Esa noche no durmieron en la misma cama, Marta quería invitarlo primero a su mundo antes de decidir si valía la pena comenzar de nuevo algo juntos. Ninguno estaba en busca de un amor de verano, querían algo más certero y definitivo. Por eso ella le pidió que la acompañara a la aldea a la mañana siguiente con el objetivo de corroborar que ambos podían estar juntos en esa selva infinita. Simón lo intuía, así que no pudo cerrar sus ojos en toda la madrugada asustado de su destino, ¿era capaz él de quedarse en ese lugar? ¿Podría cambiar todas sus comodidades por una mujer? ¿Sabría reconocer el llamado o simplemente le ganaría el miedo a estar solo? esta y muchas interrogantes más asechaban en su cabeza.
Se levantó muy temprano, tomó una rápida ducha en el hotel en el que se había quedado, se embadurnó de repelente y salió con sus pantaloncitos de explorador y su mochila hacia su nueva aventura. Marta lo esperaba en la avioneta que los llevaría hasta la jungla en la que enseñaba el ABC a los niños indígenas. Cuando por fin aterrizaron Simón se bajo del bicho volador a toda velocidad, nauseabundo y desparramando por el suelo el café negro y el pan de leche que había desayudando esta mañana. Su piel estaba verdosa y no lograba recuperar la compostura. Una chica se acercó hacia él con una botella de agua potable en una mano mientras le extendía la otra hablando como al viento:
— Así que este es el forastero que viene a vivir con nosotros, ¿podrás con todo esto? Simón sube la mirada y se encuentra con una alucinación, o al menos eso cree: Unos largos cabellos de ónix que llegan a la cintura, toda su piel color bronce y un par de ojos chinos que dejaron a Simón en un estado de estupor. La mujer besada por el sol le extendía su mano para levantarlo del suelo, el alma se le quería salir del cuerpo. Sus piernas temblaban como dos gelatinas mientras hacía sonidos guturales tratando de articular palabra. En ese momento vino a su mente algo que su madre le había enseñado:
“Cuando llega el momento adecuado, las verdaderas almas gemelas se encuentran
incluso si están a un mundo de distancia”.
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