11 de septiembre 2015
Estoy de pie en mi cocina y la cena esta puesta en el fuego: Papas, zanahorias, tomate, cilantro, pollo; todos colocados delicadamente dentro de un caldo viscoso de color rojo intenso que desprende un olor irresistible. No es la primera vez que Serena lo hace. De hecho los viernes siempre solemos cenar de esta forma. A mí no me gusta mucho, sin embargo hemos mantenido este ritual familiar por Sabrina, que desde la primera vez que probó el guiso favorito de su madre, no ha dejado de ser un tradición familiar para todos los últimos viernes de cada mes.
Es extraño que Serena y yo hayamos vivido juntos por tanto tiempo. Aún puedo recordar cuando nos conocimos; venia caminando por la misma vereda que yo, solo que en sentido contrario –como siempre son las cosas con ella-. Caminaba con un andar descarado, su color canela profundo y ese par de ojos negros que amenazaban con robarte el alma si los mirabas por mucho tiempo, la misma mirada que luego heredaría Sabrina. Desde ese momento no he podido desprenderme un minuto de esas caderas infernales que destilan agua bendita cuando mi negra camina. Amo su risa profunda, como tiende a mover las piernas por las noches de un lado a otro cuando está nerviosa. Me derrite escuchar la voz que usa cuando me dice amor, y sobre todo me cautiva el amor incondicional con el que siempre ha mantenido a esta pequeña familia que es el mundo entero para mí.
Sabrina es igual a su madre: caprichosa desde la punta del pie hasta cada uno de sus hermosos rizos castaños. Creo que yo tengo la culpa de eso. Serena se molesta porque me dice que no le pongo suficiente carácter, pero ¿quién puede resistirse a esos ojos hechiceros? Hace poco jugábamos a las escondidas en el living de nuestra casa y por supuesto sabía que Sabri estaba bajo las escaleras ¿cómo no saberlo? ¡Ese es su escondite favorito! sin embargo se molestó mucho cuando la encontré. Tanto que rompió la muñeca de tela que con tanto amor le regalé en su último cumpleaños. La había visto en la vitrina aquella tarde de verano, con su vestido de tul y el cabello hecho con hilos de colores, a Sabrina le brotaron los ojos de la emoción.
– ¿Papi me la compras?
– Hija ahora no puedo, no me quedó dinero luego del mercado pero si te portas bien puede que venga por ella luego.
Pude ver sus ojitos desilusionados, pero su cumpleaños se acercaba y quería darle algo que realmente le encantara.
Desde el primer momento que se la di la llevaba a todos lados, por eso fue tan difícil para mí ver como la rompía. Pero yo la entiendo, quizás no debí buscarla allí, probablemente no soy tan bueno jugando a las escondidas. De igual forma no importa cuán malcriada pueda ser, Sabrina tiene mi corazón entre sus manos y eso jamás va a cambiar.
Mi hija tiene el súper poder de cambiar mis días. Necesito verla siempre para saber que todo va a estar bien. Las voces de mi cabeza se calman cuando escucho de sus pequeños labios la palabra papá –es la melodía que calma mis demonios-. En ocasiones quisiera parar el tiempo y que no creciera nunca. Cuando está en la escuela entro a escondidas a su cuarto, todo rosa y unicornios y me acuesto en su pequeña cama. Aspirar su olor a niña me hace recuperar la cordura y sentir que vuelvo a ser yo.
Carlota, la mamá de Serena, a diferencia de mis dos huracanes, es un alma tranquila. Al ser una señora mayor quizás que no le queda mucho por opinar o hacer y menos en una casa que no le pertenece. Se sienta en su mecedora todos los días a tejer una bufanda que nunca termina. Hilos violeta, rojo, azul intenso, amarillo, rosa viejo; un hilo tras otro se entrelaza en esta bufanda eterna, que por más que hilos que le compre jamás termina. Sin embargo, ya me acostumbre a tenerla en casa.
Al principio era extraño ver a Carlota caminar taciturna por todos lados, me sentía cohibido ante la presencia dulce de esa buena mujer que me recordaba a mi madre. Luego me hice el hábito de sentir sus minúsculos pasos crujir en la madera todas las noches. Siempre tiene el mismo ritual: Se va a la cama temprano sin cenar, y sin que nadie lo advierta se levanta en la madrugada a comer los restos que quedaron de la cena, su favorito siempre ha sido el guiso de pollo de su hija, lo sé porque a la mañana siguiente cuando me levanto, me encuentro con la olla perfectamente limpia en un costado de la cocina y ni un solo rastro rojizo. Ella no sabe que puedo escucharla, siempre he tenido el sueño ligero, sobre todo desde la última noche. Pero no tiene importancia. Me encanta vivir con las tres mujeres de mi vida. Creo que jamás había sido tan feliz.
Esto es un fragmento del diario de Jerry Gibson, que fue encontrado por la policía en la escena de crimen en una cabaña ubicada a las afueras de la ciudad. Apareció en todos los titulares al día siguiente con el encabezado: “La niña que sobrevivió a un psicópata”
Jerry era uno de los asesinos más buscados por la policía, debido a que había asesinado alrededor de quince mujeres entre ellas adultas y adolescentes. Hasta el día que lo encontraron ahorcado frente a la chimenea de su casa con una bufanda tejida con lanas de colores, un sábado cuando la policía buscaba a una jovencita de quince años que había desaparecido días antes de un campamento adyacente.
La búsqueda del hombre comenzó meses antes, cuando fueron encontrados los restos sin vida de dos mujeres: una anciana y su hija, quienes fueran la esposa y la suegra de Jerry. Esto ocurrió tiempo después de que perdiera trágicamente a su hija de trece años Sabrina Gibson. La chica murió ahogada en circunstancias sospechosas que hasta el día de hoy nadie conoce con detalles… excepto yo.
Gibson, llegó a ser conocido por su particular forma de asesinar a sus víctimas. Según los estudios forenses que se realizaron, este hombre ahogaba a las mujeres hasta quitarles la vida, luego les abría el pecho, sacaba el corazón y las volvía a coser con sumo cuidado. Luego de eso las enterraba en algún bosque cerca de donde vivían, hasta que la policía las encontrara, no sin antes dejar una ficha con una equis en algún lugar visible del cadáver, como si buscara algo que hasta ahora no había encontrado. El proceso era diferente para las niñas a quienes solamente envenenaba y las dejaba en sus respectivas camas cuando las familias no podían verlo.
La policía dio con el paradero de Jerry cuando el pasado jueves desapareció Sabrina Garcés, hija del conocido detective Julián Garcés. La joven de trece años fue encontrada con vida luego de varios días desaparecida, durmiendo cómodamente en un cuarto de la casa.
Esta historia me ocurrió hace unos cuantos años atrás, pero no me había atrevido a contarla hasta hoy…
Ese día habíamos decidido hacer una excursión por un bosque a unos cuantos kilómetros de casa, yo estaba particularmente más emocionada que nunca porque al fin mis padres me habían dejado salir sola con mis amigos. Bueno no tan sola, estaba acompañándonos la hermana mayor de Dina, que era supuestamente nuestro “adulto responsable”. Le pedí a papá que me hiciera algunos sándwiches con el estofado de pollo que había sobrado de la cena, mientras preparaba mi mochila. Al entrar a la cocina me di cuenta que mi padre tenía una cara algo demudada.
– Sabrina ¿crees que hoy es un buena día para ir al bosque? leí que iba a llover.
– ¿Pero qué dices papá? hace un sol que quema, si hasta me puse protector solar, que no me gusta eh, este que elegiste con olor a coco me marea un poco.
– Es el que había. Igual hija no estoy muy seguro de ese paseo ¿Por qué no me dejas acompañarte? nos divertimos mucho cuando vamos juntos al bosque ¿no?
– Si papá pero esto es diferente, esta vez voy al bosque con mis amigos. Igual es un solo día pa, o bueno si no terminamos de irnos será prácticamente un par de horas nada más.
– Bueno hija está bien ¿Llevas tu collar de identificación?
– Si papá, siempre lo llevo.
– ¿Y tus lentes de sol, el puf para tu asma, un suéter, un par de medias?
– Basta papá, ya te estás pareciendo a mamá.
Un silencio sepulcral cayó de repente. Me acerqué despacio, cuidando de no cortarme con el ambiente filoso que había dejado en el ambiente mi comentario.
– Pa, todo va a estar bien ¿cenamos pizza esta noche?
– Si hija vamos, se hace tarde.
En el camino quise romper el clima distante que se había generado con mi padre en la mañana y encendí la radio, conecté mi celular y comenzó a sonar
Big wheels keep on turning
Carry me home to see my kin
singing songs about the Southland
I miss Alabamy once again and I think it’s a sin, yes
Inmediatamente mi padre subió el volumen y comenzó a cantar nuestra canción favorita
Sweet home Alabama
Where the skies are so blue…
– Yeah daddy, sing to me…
Sweet home Alabama
Lord, I’m coming home to you…
En ese momento todos los fantasmas del pasado se esfumaron entre las notas de nuestra canción favorita…
Luego de llegar a la casa de Ana papá se bajó del auto a saludar a la familia de mi amiga y estoy segura por su rostro, que también a inspeccionar.
– Tranquilo señor Julián, Sabrina va a estar bien con nosotros. Lo llamaremos cuando lleguemos al lugar.
Luego de eso nos subimos al auto mientras papá miraba de lejos…
Era un día perfecto, la primavera había estallado con todo su color unos días antes, así que el bosque era un espectáculo de flores y abejas. La brisa tenía un olor dulzón bastante fuerte que al rato te embriagaba, pero estábamos tan llenos de expectativas que no nos importaba absolutamente nada. Cuando llegamos al lugar la hermana de Dina nos advirtió que no nos fuéramos muy lejos y que si algo ocurría la llamáramos por teléfono.
– Ya están grandes para que vivan la experiencia solos. Cualquier cosa acá voy a estar, disfruten y por favor no se metan en problemas.
Se puso unos auriculares, sacó unas latas de cerveza de la parte posterior del auto y se quedó allí frente al lago, recostada en una silla plegable, mientras nosotros decidimos ir a explorar en el bosque.
Los chicos y yo estábamos felices de experimentar esa libertad nueva para todos. Mi padre nunca me había dejado hacer actividades sin supervisión adulta, con la única persona que me permitía al menos dormir en su casa era con Ana, mi mejor amiga. La china y yo éramos amigas desde niñas, nos conocimos cuando me mudé a la casa de al lado de donde ella vivía. Recuerdo que un día estaba jugando en la calle y mi madre me había comprado un helado de mantecado, esa fue la temporada en donde solo comía cosas de color blanco – Siempre he sido monotemática con la comida- Salí a jugar en la vereda, sin querer me tropecé con una piedra pequeña que estaba en el piso y caí arriba del helado. Me sentía fatal, sentí que esa caída era un augurio de mala suerte y que nunca debimos mudarnos a esa nueva ciudad; en ese momento apareció Ana, una niña de ojos chinos y pequeñas pecas en su rostro amarillo.
Ana me vio sentada en el suelo, manchada completamente de helado de pies a cabeza y me invitó a pasar a su casa.
– Mamá hizo helados de arándanos anoche, son los helados más ricos del mundo.
Y me tendió la mano con una paleta de color rojo sangre chorreándole por los costados.
– No gracias, no como cosas de color.
– No entiendo ¿Cómo no comes cosas de color?
– No. Solo como cosas blancas.
– ¡Eso me parece una tontería! mamá dice que hay que probar cosas nuevas para descubrir el verdadero sabor de la vida.
– No me gusta, ¡parece sangre!
– Es sangre de unicornios, si la tomas serás invencible y tendrás vida eterna.
– ¡Mentirosa!
– Pruébalo y veremos quién miente.
Tomé el helado en mis manos y le pasé la lengua por unos de los costados, solo por llevarle la contraria a esa enana de ojos desafiantes…
– Está bueno…
No podía mentirle, aquellos era una fiesta de sabores en mi paladar. Arándanos, dulce, menta, un poco picante, era un completo placer.
– Me mentiste, no soy inmortal.
– No te mentí, te dije que era el mejor helado del mundo. Además aún no sabemos si eres inmortal, eso lo sabremos algún día.
Desde ese momento no hemos dejado de estar juntas ni un momento
Ana vivía con su madre, una pelirroja de rasgos finos y cabello crespo que era chef internacional y había elegido esta ciudad para colocar su restaurante. El padre de Ana había muerto años atrás en un accidente cuando ella era aún muy chica. Su madre decidió que necesitaban una vida nueva así que se mudaron y decidieron comenzar de nuevo sin tanto pasado que las persiga.
La mamá de Ana y mi papá se llevaban muy bien, es por eso que él tenía confianza absoluta de dejarme con ella sin chistar. En el verano íbamos a la pileta, al lago, y su madre siempre hacía los helados de arándanos que me hicieron cambiar el rumbo de mi alimentación. Ana y yo los comíamos y fingíamos ser vampiros chupasangre. Así pasábamos el verano, borrachas de azúcar y sol, felices, plenas y chispeantes.
Caminamos por un rato alrededor del bosque, explorando, saltando de grandes piedras, y gritando como indígenas en medio de la selva. Ana iba recolectando tesoros para su cofre de la suerte. Decía que la suerte es algo que encuentras en el camino, siempre ha sido muy esotérica en cuanto sus creencias, a diferencia de mi que soy un poquito más agnostica.
– Yo creo que la suerte no es algo que encuentras, la suerte la haces tú mismo. Depender de los hallazgos del destino es algo muy inestable para mí.
– Porque tú lo razonas todo Sabrina. Pero a veces solo tienes que creer y soltarte a la buena del destino.
– El destino es un hijo de puta Ana. Sino como explicas que se haya llevado a tu padre.
Todos se quedaron en silencio ante tal exabrupto, tenía la costumbre de hablar sin pensar y la sinceridad era mi mayor desgracia.
– No tengo una explicación para eso Sabrina, el destino tiene sus propios planes en donde yo no soy el centro sino solo una de las partes, sería muy arrogante de mi parte reclamarle al destino por no rendirse ante mis deseos cuando entiendo que todo es parte de un plan infinito que nos incluye a todos y que de alguna forma teje nuestros destinos. Así que solo lo dejo fluir, tú deberías hacer lo mismo…
Y siguió caminando.
Yo estaba furiosa, no entendía como ella podía tomar la vida como si nada malo le hubiera pasado nunca. Yo caminaba con una herida a cuestas que no me dejaba ni respirar en paz y ella sin importar lo que pasara era feliz. No entendía como podía estar con alguien tan negativa como yo. Pero me amaba y yo no podía vivir sin ella.
– China perdóname por lo que te dije, no quise arruinar el día.
– Tranquila amiga, se necesita mucho más que tu negatividad tan característica para arruinar este día tan hermoso.
– Si que está hermoso ¿verdad?
Uno de los chicos se acercó colgándose de nuestros hombros.
– ¿Ya se reconciliaron?
– Nunca hemos estado peleadas, tonto.
Le dijo Ana con voz juguetona mientras lo empujaba hacia un costado. Marco era el chico que le gustaba hace mucho tiempo. Un poco engreído y fortachón, pero tenía buen corazón y sabia cuidar muy bien de Eva.
– ¡Chicos miren aquí!
Gritó Dina a lo lejos. Había encontrado un foso con aguas termales. Bajamos por un pequeño acantilado de tierra y hasta llegar a este paraíso humeante y profundo de aguas cristalinas. Nos dispusimos a quedarnos en traje de baño y entramos en esas tibias aguas con una gran exhalación de placer.
– ¡Esto sí es vida!
Dijo Dina en palabras casi inaudibles.
– ¿Sabían que el barro que se forma alrededor de estas aguas es beneficioso para la piel?
– ¿Qué estas queriendo decir china, que nos pongamos esta cosa asquerosa en la cara?
– No es asquerosa Marco, es solo barro. Además no sé de qué te quejas si ¡tú vives todo el tiempo lleno de mugre cuando sales de jugar al futbol!
– Es verdad Marco, permíteme arreglarte la piel para que luzcas más bello.
¡Zas! Lucas lanzó una bola de barro al pecho enorme de Marco.
Marco muerto de risa quiso devolvérsela hasta que Dina abrió los ojos enojada.
– ¿Se pueden quedar tranquilos por una sola vez en la vida? no vine aquí a tener que lidiar con un par de niños que no pueden descansar de ser unos inmaduros por al menos cinco minutos. Necesito descansar, disfrutar del paisaje, relajarme, y no puedo si ustedes dos, mocosos, no me dejan.
La cara de Dina estaba roja de ira, así que los chicos se calmaron y dejaron que sus mentes se fundieran con el paisaje esplendoroso del lugar. Nos relajamos tanto que se hizo tarde y no nos dimos cuenta.
– Chicos está un poco oscuro ¿no creen?
– ¡Sí, mira la hora que es, mi hermana va a matarme!
Comenzamos a vestirnos lo más apresurados que pudimos y sin darme cuenta, dejé en la fosa un pequeño bolso que contenía algunas cosas que no quería que se mojaran como mi celular, algo de dinero y mi collar con una plaquita de identificación que me había regalado mi padre luego de perderme un día cuando era niña.
Estaba en el centro comercial con mamá y quise detenerme a ver un juego de maquillaje en una vidriera, era tan brillante y de colores hermosos que no pude resistirme. Mamá no se dio cuenta y siguió caminando y en cuestión de minutos no sabía dónde estaba. Estaba tan asustada que me tiré al suelo, encogida abrazando mis piernas y comencé a llorar. Una anciana se me acercó para ver si estaba bien pero yo no podía hablar, estaba tan asustada que no me salían las palabras. En eso llegó de la nada mi papá. Se ve que mi mamá le había hablado luego de que me perdí. Me tomó en sus brazos y me sacó de ese lugar.
– Nunca más vuelvas a dejar a la niña sola ¿me escuchaste?
– No la dejé sola, ella sola se soltó de mi mano.
– No me importa, tiene apenas seis años y ¿dejas que camine sola? a mí jamás me habría pasado eso.
– No claro que no, porque tú eres don perfecto, no cometes ningún error.
– ¡Al menos no uno como ese! si a nuestra hija le hubiera pasado algo yo mismo te habría matado con mis manos.
– ¿Por qué no lo haces? igual esto no es vida.
– No seas ridícula mujer, siempre quejándote de todo ¿Por qué no te vas si eres tan infeliz con nosotros?
– Algún día Julián, algún día…
Al día siguiente mi papá llegó con una pequeña caja aterciopelada y dentro de ella un hermoso collar plateado en forma de corazón, con mi nombre grabado y mis datos personales detrás. Me lo colocó en el cuello y me pidió que jamás me lo quitara. Ese collar era parte de mí, jamás me lo sacaba excepto para las clases de natación, tenía miedo de perderlo en el fondo y no encontrarlo jamás.
Toqué mi cuello cuando íbamos de regreso y me di cuenta que no tenía mi collar.
– ¡Ana mi bolso, no tengo mi bolso!
– ¡Ay Sabri! ¿Dónde lo dejaste?
– ¿Cuál bolso? ¡Si lo tiene ahí pegado a la espalda!
Dijo Lucas con fatiga.
– ¡Esta es mi mochila ignorante! lo dejé en las aguas termales, tengo que recuperarlo ¡sino papá va a matarme!
– Bueno ya, nosotras vamos a devolvernos a buscar el bolsito, espérennos acá.
– China, la que nos va a matar es mi hermana. Estamos con el tiempo justo, además ya está oscureciendo ¿Sabrina, no puedes comprarte otro bolsito nuevo?
– ¡No, necesito volver por mi bolso! váyanse ustedes y yo los alcanzo.
– No Sabrina, ese lugar es peligroso, ¡está muy oscuro! Yo voy contigo.
– Bueno ya, vamos los tres, no las voy a dejar ir solas. Lucas quédate acá con Dina que ya nosotros volvemos. Pueden aprovechar para darse los besos que tienen atrasados.
– Madura Marco… será mejor que se muevan porque sino ¡me voy y los dejo a todos!
Corrimos de regreso a las aguas termales estaba oscureciendo así que debíamos darnos prisa. No podíamos ver bien por donde caminábamos y sin querer tropecé con un árbol que tenía una rama filosa en un costado
– ¡Auch! me detuve por el dolor.
– ¿Sabri estás bien?
– No, me duele muchísimo la pierna.
Marco encendió su linterna para ver que había pasado.
– Sabri tienes una cortada profunda en el muslo.
– Me duele mucho.
– ¿Puedes caminar?
– Si pero muy lento.
– ¡Tranquila! la china y yo iremos a buscar tu bolso, igual ya estamos cerca, quédate acá y cuando lleguemos te subes a mi espalda y nos regresamos.
– Buenos está bien. Por favor dense prisa antes de que Dina nos deje.
Me quedé sentada en una roca de tamaño mediano que estaba frente a uno de los árboles.
– Árboles asesinos, no se puede confiar ni en la naturaleza.
Al poco rato escuché un ruido, imaginé que era normal ya que en ese lugar había muchos animales, por un momento temí que fuera un oso pero no son comunes por allí. De repente el ruido se volvió más cercano y apenas me voltee para inspeccionar sentí un golpe en la cabeza que me removió el centro de la vida. Segundos después caí redonda como una fruta madura, directo al piso.
Abrí los ojos por primera vez no sé después de cuanto tiempo, atontada aún por el trastazo que me habían dado. Al abrir los ojos pude ver que me encontraba en un lugar parecido a un ático, parecía deteriorado por el moho y estaba muy oscuro. En las paredes había fotos de niñas pegadas y algunos recortes amarillentos de periódico que no pude leer muy bien. Yo me encontraba sentada en una silla, amarrada de pies y manos mientras inspeccionaba con mis ojos el lugar, cuando de pronto se abrió una puerta. Un hombre enorme entró y la habitación se congeló con su sola presencia.
El gigante se sentó en una de las esquinas del ático mientras me observaba atentamente desde una distancia prudencial, estudiándome; parecía no estar muy seguro de querer acercase, cuando de repente comenzó a caminar hacia mí. Tomó mi rostro con su mano de forma algo brusca, como buscando identificarme de alguna manera, sin embargo me miraba como si supiera con una exactitud casi terrorífica quien era yo realmente. Podía sentir el calor de su respiración en mi rostro, husmeando, estudiando; palpando con sus manos callosas cada una de las partes de mi cara. Sentí su curiosidad de niño explorador, su olor a hombre grande. Podía ver la transpiración de sus mejillas perderse en esa gruesa barba de talibán, estaba aterrada. Pero algo en él me hacía pensar que lo necesitaba, así que cuando soltó mi cara de golpe, el miedo se apoderó realmente de mí. Me puso en la nariz un trapo empapado con un líquido de un olor muy fuerte y luego se fue dejándome medio muerta, sola en la penumbra.
Afuera llovía a cántaros. Me despertaba a ratos, pero no podía ver nada, además estaba tan agotada que se me cerraban los ojos solos. Podía sentir la herida de mi pierna palpitar, tenía los labios rotos, me había orinado el pantalón – Imagino que del miedo-, las muñecas me sangraban por el roce de las cuerdas y el cuerpo me dolía como si cien años de vida hubieran entrado en mi de repente. No sabía el tiempo exacto que llevaba en ese lugar pero me sentía muy débil, tanto que no podía articular palabra. En un momento se abre la puerta y un resplandor me cegó por completo, solo sentí que un par de brazos me cargaron con una fuerza estremecedora y firme. Cuando pude darme cuenta estos brazos enormes me sentaron en el borde de lo que parecía la tina de un baño. No podía abrir bien mis ojos porque estaba cegada aún con las luces luego de estar tanto tiempo en oscuridad, además de que no tenía fuerzas ni para levantar una de mis pestañas. Entonces sentí sus manos grandes que apartaban el cabello de mi cara y una ola de alivio me invadió entera.
– Te voy a quitar las cuerdas para lavarte, pero no vayas a moverte.
No sé porque pero su voz me trajo paz, aunque estaba segura que ese era el mismo hombre que me había secuestrado y llevado hasta allí. Decidí que no iba a pelear, por una razón que todavía no entiendo, pero elegí entregarme a esas enormes manos que me hacían sentir segura, como si se tratara de mi propio padre.
Luego de quitarme las cuerdas, me desvistió suavemente y con la mirada lejana, como tratando de no mirar de más. Llenó la tina con agua tibia y espuma de lavanda y jazmín. Me levantó con sumo cuidado al tiempo que me colocaba en esa enorme bañera deliciosa. No pude soportar tal gesto y me abandoné en los vapores de esa fragancia que me traía de vuelta a la vida, mientras el gran hombre limpiaba cada parte de mi cuerpo con la dedicación de un papá abnegado. Yo lo miraba aliviada y con un dejo de emoción en mi mirada porque luego de un tiempo pensando que iba a morir, sentía que quizás ese no sería mi final.
Luego de dejarme descansar unos minutos en la tina, me pidió que me vistiera y colocó un pijama encima del lavamanos junto con una crema y vendas.
– Unta esa pomada en tu pierna y átala con esto. Te espero en la cocina.
Luego de dejar mi pierna momificada revisé mi atuendo de la noche: era un pijama rosa con unicornios que pensé que no me quedaría porque era muy pequeño, agradecí en ese momento que la pubertad aún no había arremetido con todas sus fuerzas contra mí y como pude me coloqué la suave y delicada ropa, bastante apretada, pero cumplía su función.
Salí del baño relajada, pero aún bastante desgastada físicamente, cuando un aroma espléndido me atravesó entera, y el hambre me golpeó justo en la boca del estomago. Fue allí cuando recordé que quizás llevaba días sin comer, así que perseguí obnubilada ese olor celestial hasta que sin darme cuenta me encontré en la cocina. El hombre estaba de espaldas, ensimismado revolviendo una olla, cuando derepente vi encima de la mesada un juego de cuchillos muy afilados. Por un momento me asusté, pero luego pensé que quizás podría tomar uno de esos cuchillos, el más pequeño no importa, solo era necesario que cupiera entre mis manos. Quizás si no hacia ruido podía acercarme y enterrárselo en la espalda, total, parecía distraído. No lo iba a matar, pero podría darme una oportunidad para escapar y pedir ayuda. Sin embargo olvidé esta idea cuando el hombre volteó y me encontré con sus grandes ojos azules.
– Imagino que tienes hambre, estoy preparando algo que creo te va a gustar, siéntate.
Colocó una fuente con pan recién horneado y mantequilla casera en medio de la mesa, que me devoré con la ansiedad de un condenado a muerte que come su último deseo. El hombre se rió con una risa grave y profunda y me dijo mientras yo aún tenía un pedazo de pan dentro de mi boca:
–Tranquila, come más despacio, te va a causar indigestión. Además aún falta el plato fuerte.
Sirvió delante de mí un plato con un estofado de arroz y pollo que se veía delicioso y me hacía recordar al que hacían en mi casa…
– Hice pollo esta noche, espero te guste.
– Mi mamá cocinaba algo parecido a esto, y le quedaba delicioso.
– No lo dudo.
Dijo el gran hombre con simpatía. Su media sonrisa me motivó a preguntar…
– ¿Por qué me trajiste acá?
– Para que cenáramos.
– No, no acá a la cocina sino a este lugar ¿Por qué me trajiste a esta casa?
– Repito, para que cenáramos.
– ¿Y no era mucho más fácil hacerlo de otra forma un poquito menos exagerada?
– ¿Cómo cual?
– No sé, cualquiera que no incluyera golpes y cuerdas.
– Digamos que quise hacerlo más interesante.
– Si, ya me doy cuenta.
– ¿Puedo preguntarte algo más?
– Tengo el presentimiento que aunque te diga que no, igual lo vas a hacer, así que adelante.
– ¿Quién eres? entiendo que quizás no quieras responderme pero yo…
– Me llamo Jerry
– Eso no me dice nada de ti.
– ¿No reconoces mi nombre?
– ¿Debería? ¿Eres alguien famoso o algo así?
– No, no importa…
Luego de un silencio algo incómodo Jerry me hizo la misma pregunta.
– Mi nombre es Sabrina.
– Lo sé, pero eso no me dice quien eres.
– Bueno no sé, ¿Soy una niña? bueno, más bien una adolescente. Estaba de paseo con mis amigos hasta que tú me golpeaste con algo y ahora estoy aquí comiendo con un hombre loco que ¡no me dice qué estoy haciendo aquí!
– Ya te dije que te invité a cenar.
– ¿Cómo sabes mi nombre?
– Lo leí en un collar que encontré en tu bolso.
¡Mi bolso! por eso estaba allí, porque me regresé a buscar ese estúpido bolso.
– ¿Tú tienes mi bolso?
– Si, está en tu cuarto, tienes muchas cosas interesantes en él. Por cierto ¿Qué haces con una bufanda en primavera?
– Me la tejió mi abuela, es muy importante para mí, además está lloviendo.
– Pero ayer cuando saliste había sol..
– Si, las cosas pueden dar un giro inesperado ¿No crees?
En ese momento recordé a mis amigos, pensé en Ana, que debía estar preocupada por mi ¡Mi padre Dios mío! ¿Cómo debía estar mi padre? La única vez que me deja salir sola y me secuestran, yo debo tener una suerte increíble. Cuando vuelva a casa me va a meter en un convento.
– Jerry por favor, déjame ir. Ya tengo mucho tiempo aquí, ya cenamos ¿Qué otra cosa quieres?
– Falta el postre Sabrina, tú siempre tan impaciente.
¿Qué quiso decir con esto si él no me conocía? en ese momento un terror muy pequeñito, casi imperceptible, se instaló dentro de mí y él lo notó.
– No tengas miedo, solo quiero cenar en paz, no es tan difícil ¿Por qué las mujeres no pueden estar en paz un momento? ¡Tienen que controlarlo todo!
– ¡Ja! en eso tienes razón, así era mi madre.
Salió casi como una exhalación…
– ¿Qué pasa con tu madre?
– No me gusta hablar de eso. Bueno, en realidad nunca puedo hablar de mi madre porque mi papá enloquece.
– ¿Por qué?
– Nada, mi mamá es un tema muy complicado. Nos abandonó cuando yo tenía trece años, desde entonces mi papá cuida de mí y de mi abuela, la mamá de mi mamá, a la que también dejó abandonada en un geriátrico ¿Linda joyita no?
– Las madres no deberían abandonar a sus hijos.
Lo dijo, y pude ver como una nube de recuerdo se instaló en esas pupilas oceánicas.
– No, pero creo que se cansó de mí. Puedo ser una persona bastante problemática.
– ¿Qué podría tener de problemática una niña tan linda como tú?
– La belleza no tiene nada que ver con la capacidad de dar problemas, pero ya que preguntas, estoy enferma. Nací con algo en mi corazón y necesito cuidados muy específicos. No puedo hacer muchas cosas de gente normal, sin embargo lo hago porque estoy cansada de sentirme en una prisión.
– Quizás tu mamá se sentía en una prisión contigo.
Me impactaba la manera brutal que tenía el hombre para tratar con cosas que podían parecer sensibles, me recordaba a mí misma.
–Sí, imagino que por eso se fue. Igual no importa, mi papá es todo lo que siempre he necesitado.
– Los padres son mejores que las madres.
– ¿ A ti también te abandonó tu mamá?
– ¿Ya terminaste? quiero servir el postre.
Quitó el plato de delante de mí y pude ver como sus hombros se encogían, ya no parecía tan enorme.
– Preparé budín de pan.
Por una extraña razón este hombre había preparado la misma cena que mi madre hizo la noche en que se marchó. No sé si era casualidad, pero había algo que no me estaba diciendo y yo tenía que averiguarlo. Colocó un trozo de budín aun caliente delante de mí y me miraba con notable ansiedad.
– Pruébalo, está delicioso.
El sonido de las gotas de lluvia cayendo por los agujeros del techo no me dejaban pensar, necesitaba salir de ese lugar pero ¿Cómo podría hacer para que este hombre me dejara libre?
– Parece que tu casa tiene muchas goteras.
– Si, pero eso ya no importa, todo va a terminar esta noche.
No entendí por qué lo que decía pero sus ojos estaban llenos de una paz que me produjo miedo. Sin embargo le seguí el juego, no quería hacer nada que pudiera provocarlo.
– Está muy rico.
Luego de terminar el postre me guió a uno de los cuartos de la casa.
– ¿A dónde vamos? Se supone que me dejarías ir luego de cenar.
– No seas impaciente, afuera llueve sin parar y las carreteras están inhabilitadas porque el río se desbordó, así que pasarás la noche acá y a la mañana siguiente podrás irte.
– ¡Ese no era el trato!
– ¿Quieres que te deje ir para que mueras en el camino?
– ¡Cualquier cosa es mejor que estar aquí contigo!
Bajé corriendo por las escaleras y comencé a buscar alguna salida, pero la puerta estaba cerrada con llave, en ese momento las pocas luces que estaban encendidas se apagaron de golpe. Intenté caminar a tientas para encontrar otra salida, o alguna llave que me permitiera salir de aquel lugar.
– ¡Sabrina no puedes escapar de tu destino! ¿Acaso no te dije que todo acabaría esta noche?
Encontré unas escaleras que daban hacia algo que seguramente era un sótano, quizás en ese lugar estaría segura, así que comencé a bajar mientras escuchaba al hombre gritar por toda la casa.
– ¡Hija no te escondas! es la hora de dormir, mamá está preocupada.
Podía sentirlo muy cerca, además de que no veía absolutamente nada en esa habitación. La lluvia era implacable, pero me ayudaba a ocultar el sonido de mis pasos al caminar. Comencé a palpar las cosas de la habitación en busca de un lugar en el que pudiese esconderme. Cuando de repente se encienden las luces.
– Te dije que no podías escapar de tu destino.
El hombre tiró de mi cabello y me cargó en vilo mientras yo pataleaba desesperada intentando que me soltara.
– ¡Por favor Jerry déjame ir!
– ¡Te dije que si te dejo salir de aquí vas a morir! es la hora de dormir, no me hagas castigarte jovencita.
Me llevó a un cuarto y al entrar quedé estupefacta. Era el cuarto más lindo que haya visto. Un santuario rosa, con detalles en blanco y lila. Tenía unos estantes llenos de muñecas hermosamente ubicadas y una cinta en el medio de la pared con cientos de unicornios dibujados. Pero lo que verdaderamente me causó escalofríos fue cuando vi una pared con el nombre Sabrina delineado delicadamente con brillantina color dorado ¿Sabrina? ¡Ese es mi nombre! ¿Qué estaba pasando aquí realmente?
– ¿Por qué mi nombre está escrito en esa pared?
– Porque es tu cuarto hija ¿qué otro nombre estaría allí?
– ¡Este no es mi cuarto loco de mierda, dime qué está pasando aquí ahora mismo!
–Te prometo que esto terminará hoy Sabrina.
– ¡No! por favor, dime ¿Quién eres tu realmente?
– ¿De verdad no me recuerdas?
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y respondí entre dientes…
– No.
– Mi nombre es Jerry Gibson, soy el nuevo esposo de tu madre.
– No entiendo de qué hablas.
– Ya no tiene sentido que lo sigas negando Sabrina, sabes que fue lo que pasó.
– ¡No entiendo de qué me estás hablando! Mi madre se fue, no sé dónde está.
– Luego de lo que pasó tu mamá se fue de la casa, comenzamos a vivir juntos y tuvimos una hija llamada Sabrina.
– ¿Tengo una hermana que se llama como yo?
– No Sabrina, no puedes tener una hermana porque tú no existes.
Se acercó lentamente a mi bolso, el cual reposaba en una silla al lado de la cama y sacó mi bufanda.
– Tenías razón, las cosas pueden dar un giro inesperado.
– Jerry, yo no soy la persona que tú crees.
– ¡Yo sé quién eres! no trates de confundirme
Gritaba descolocado mientras se acercaba a mí con la bufanda.
– ¡Es que yo no soy Sabrina! Bueno si lo soy, pero no soy la Sabrina que buscas.
– ¡Cállate Sabrina!
Me tomo de un zarpazo y me lanzó a la cama.
– Jerry por favor te lo suplico, no me hagas daño. Dime donde está Sabrina, podemos buscarla juntos.
– Sabrina no existe pequeña. Sabrina murió ¿no te das cuenta que eres una creación de mi mente? y ahora acompañaras a tu estúpida madre al otro mundo.
11 de septiembre 2018, 8:00pm
Hola te hablan Julián… y Sabrina, deja tu mensaje después del tono.
– Julián soy yo, el doctor Jerry, por favor necesito que me llames lo antes posible, acabo de terminar la historia que escribiste, me gustaría que la discutiéramos, llámame.
El doctor Julián sale corriendo de su consultorio y sube a su auto muy alterado.
– Serena soy yo Julián ¿Dónde estás y por qué no me atiendes el teléfono? necesito que salgas de la casa ahora mismo y me llames apenas estés en cualquier otro lugar.
Suena el teléfono celular del doctor Jerry, llaman desde su casa…
– Doctor que sorpresa, no pensé que iba a leer la historia tan rápido ¿Será que se saltó alguna parte? ¡Qué ansiosito!
– Julián vamos a hablar por favor, necesito que te calmes.
– Pero si yo estoy calmado doctor, muy calmado. La que está un poquito nerviosa es Serena ¿Verdad mi amor?
Perdón pero no puede hablar, le puse algo en la boca que se lo impide. Es que habla demasiado ¿Cómo hace usted para escucharla todo el día? seguro es por eso que se queda hasta estas horas trabajando, y además tan lejos de su casa doctor. Me parece que va a tardar mucho en llegar aquí. Es una lástima, porque no podrá ver el espectáculo.
– Julián por favor, no hagas algo de lo que puedas arrepentirte.
– No si yo no tengo nada de qué arrepentirme, la que tiene que arrepentirse es su mujer ¿O acaso no crees que tienes que arrepentirte mi negra hermosa? porque yo creo que sí. A ver, ¿por dónde comienzo? Me dejaste, te fuiste con ese psiquiatra de pacotilla que por cierto cobra carísimo y ¿Para qué? “¡Julián eres escritor! escribe una historia de tu hija, eso te ayudará a superar el duelo” ¡Aquí tiene su historia! ¿Le gusta? con obra de teatro incluida.
Los ojos de Serena estaban llenos de pánico.
– Julián por favor, nada de lo que hagas te va a devolver a tu hija, no hagas algo de lo que puedas arrepentirte.
– Ay por favor doctor, no se pueden repetir dos palabras iguales en una misma línea. Eso me enseñó mi profesora de escritura en la universidad, igual me estoy aburriendo. Creo que voy a cortar el teléfono.
– Julián no, al menos dime que planeas hacer.
– Lo mismo que su esposa me hizo a mí: quitarle a su hija.
– ¡No!
Se escucha un grito ahogado de Serena.
– ¿Qué mi amor? ¿Te gustaría decir algo?
– Julián por favor, Serena no tuvo nada que ver con la muerte de Sabrina, ella estaba enferma, eso fue lo que la mató.
– ¡Pero a ella no le importo! no quería a Sabrina, no cuidaba de ella, ¡nunca hizo nada para salvarla! y cuando murió, sabía que yo estaba sufriendo y sin embargo me abandonó. Y todo para irse con usted. ¡Te fuiste Serena, y me dejaste solo con mi dolor! nuestra hija había muerto, ¡debiste quedarte conmigo!
Se acercó a Serena y le arrancó la venda de la boca.
– No Julián, yo no te abandoné, tú fuiste el que me abandonó. Desde que Sabrina murió te encerraste en tu propio mundo y nunca más me dejaste entrar ¡Yo también estaba sufriendo! también era mi hija la que había muerto. Desde el día en que recibimos la llamada del profesor de natación, diciéndonos que Sabrina había tenido un accidente el mundo se me partió en dos. Sabía que por fin su corazón había dejado de latir y eso me mató a mí también, aunque entendía que algún día pasaría. Pero tú sólo pensaste en ti mismo, como siempre, solo pensaste en ti. Estabas obsesionado con salvar a Sabrina a toda costa y nunca te diste cuenta que era imposible, que es imposible escapar del destino.
– ¡No era imposible! ¡No lo era! tú no querías, dejaste que fuera a esas clases cuando sabias que no debía.
– ¡Y tú querías que se quedara encerrada toda la vida en cuatro paredes! nuestra hija debía ser libre y disfrutar el poco tiempo de vida que tenía.
– ¡Tú la mataste Serena!
– ¡No! solo se cumplió su destino… y tú debes aceptarlo y soltarla…
Julián se acercó a Serena con los ojos llenos de lágrimas y tomó su rostro entre sus manos…
– Tranquila mi amor, todo terminará esta noche.
Colgó la llamada.
Jerry llamó a todos sus conocidos para que fueran a su casa y llamaran a la policía. Cuando llegó vio como una ambulancia sacaba un cuerpo envuelto en una lona negra y se abalanzó sobre él buscando a su esposa mientras los policías trataban de impedírselo.
– ¡Jerry!
Escuchó a lo lejos y miró que en una de las veredas estaba parada su mujer con su bebé de meses cargada en los brazos.
– Mi amor ¿Qué pasó, estás bien? ¿No te hizo nada ese maldito?
Serena se derrumbó en sus brazos y apretada a su pecho le decía.
– Murió Jerry, Julián murió. Julián murió…
Lloraba desconsoladamente…
La policía le explicó que encontraron un cadáver de un hombre de aproximadamente 52 años, de tez blanca y ojos azules, el cual se había suicidado colgándose del techo de la casa con una bufanda tejida de colores.
Muy interesante, esperando la continuación…