Elisa siempre había sido una muchacha sin suerte. De esas que se traspapelan entre el gentío que habita en el mundo. En su mente no había nada en ella que la hiciera resaltar de las otras. Vivía en el limbo y se pasaba el día entero pensando en las estrellas; eso la convertía en alguien incapaz de conectar con las personas de carne y hueso. Pero en lo profundo lo que más le preocupaba era su físico. Llevaba el pelo recogido, porque su cabellera de rizos abundantes la hacía sentir insegura. Pensaba que su mision en la tierra era pasar desapercibida, y a veces esto le gustaba, pero en ocasiones se quedaba viendo de lejos a las mujeres que caminaban erguidas y hermosas por la calle, sabiendose dueñas del aire que las orbita, y las envidiaba — que facil es la vida cuando eres linda— se repetía constantemente mientras se miraba sin ropa en el espejo del baño. Le obsesionaba mirar sus imperfecciones cada noche y hacer un recuento de ellas para saber la cantidad justa de odio que merecía: sus largas extremidades, la boca de pato, los ojos demasiado juntos o sus cejas demasiado separadas y pobladas, la cola chata, los brazos fofos, la barriga hundida, demasiada papada, el cuello muy corto. Repasaba el largo repertorio de defectos antes de irse a dormir y luego despertaba al día siguiente sintiéndose tan fea como siempre. Se encontraba perdida, no lograba reconocer a la mujer que le devolvía el espejo, aun cuando pasaba horas mirandola.

Elisa compartía departamento con su mejor amigo Alejandro: un pillo despreocupado y alegre que todo el tiempo trataba de levantarle el ánimo:
—La belleza es relativa Eli, al final lo que importa es lo que no se ve— le decía, mientras prendia un porro.
Una noche de un viernes cualquiera, Elisa llegó a su departamento y encontró una mochila sobre la mesa con algunas de sus prendas de vestir:
— ¿Esto significa que me estás echando de la casa?
— jajaja, no. Unos amigos me invitaron a una cabaña a las afueras para pasar el fin de
semana, si salimos ya podemos llegar en la mañana.

Elisa no sabe por qué, no tenia ganas. Pensaba tirarse en el sillon con una fuente de papas fritas a ver una serie como todas las noches. Pero la respuesta que salió de sus labios fue:
— Me baño y salimos.
Luego de un largo viaje que les tomó toda la madrugada, llegaron al lugar donde los amigos de Alejandro los estaban esperando. Era un edén de calma y belleza. Una suma de verdes imposibles que amenazaba con tragarse la cabaña en la que se estaban quedando y un cielo manchado de naranjas y amarillos les dio la bienvenida.
Adentro todo estaba impregnado de vida: una olla con café recién colado descansaba sobre la cocina y el fuego de la pequeña chimenea calentaba la habitación. La música y las risas flotaban en el aire, mientras un olor a pan recién horneado los golpeó en la boca del estómago y les avivó el hambre matutina.
— ¡Chicos, bienvenidos! llegaron justo a tiempo para desayunar.
En la mesita de madera había diferentes platos servidos con huevo, frijoles, algo de tocino, y una torre de panes humeantes y esponjosos. Los recibieron cuatro jóvenes despeinados y en pijamas que se notaba que habían tenido una noche pletórica:
— Eli ¿Ale te dijo qué vamos a hacer hoy?
— No, en realidad no me dijo mucho, solo me secuestró.
— ¡Já! tipico del Grillo…Vamos a hacer un viaje al interior humano con unos honguitos mágicos — Le contó el muchacho de pelo largo sin darle muchas explicaciones.
— Y esos “honguitos” como los llamas, ¿qué hacen?
— Ya lo vas a ver— Y todos rieron en complicidad.
Entrada la tarde, los chicos se reunieron alrededor de una fogata improvisada en el bosque, e iban pasando de mano en mano la taza con el contenido psicodélico, que no era más que un agua de color miel que se veía bastante inofensiva y que Elisa consumió sin hacer muchas preguntas.
Alejandro tomó las manos de Elisa y le susurró:
— Espero que en este viaje logres encontrarte…

Pero ella no sentía nada diferente en su minúscula existencia.

Una hora después Elisa sintió como una corriente de color azul la recorría entera y le explotaba en el pecho en forma de ondas de electricidad. Podía escuchar como la naturaleza crecía en crujidos a su alrededor y el crepitar de la madera quemándose en la fogata, le pareció insoportable. Tenía que salir de allí. Se levantó, pero los huesos se le habían vuelto de trapo. Trató de sostenerse en pie, pero sentía que la tierra ya no giraba sobre su propio eje y un viento gélido la lanzó al mundo de los espíritus.
Podía sentir una ola de aire caliente que la envolvía y se transformaba en un líquido plateado. Ella flotaba en ese engrudo envolvente mientras su piel se desvanecía y se fundía en un agujero tan negro como la muerte. De pronto todo fue silencio, y de esa negrura viscosa emergió un ser creado a partir de fractales geométricos fluorescentes, mientras un rojo irresistible le atravesaba la conciencia y la partía en mil pedazos desde adentro. Luego pudo ver que ese ser era ella, toda brillante, todo poder y luz emergiendo de la oscuridad. Tenía una corona que sostenía el universo entero, y una supernova brillándole en el medio del pecho repeliendo todo a su paso. La vida y la muerte pendían de su dedo y un halo de fuego la sostenía en ese trozo de firmamento.
Mientras ese ser la miraba a los ojos al fin todo tenía sentido, el universo y ella eran uno solo y todo el poder de las galaxias se iba tejiendo sobre su piel, haciéndola a imagen y semejanza de las estrellas.
Elisa podía reconocerse a través de esa imagen, mientras todo ese poder y calor la abrazaban y contenían cada átomo de su cuerpo, arrullándola en una canción de cuna que hablaba de hadas y misterios. Un encuentro catastrófico de planetas la habían hecho emerger de la oscuridad absoluta para darse cuenta de que no habia nada de malo en ella, simplemente había nacido del caos del cosmos y, ¿cómo se puede mirar a una estrella
a la cara y continuar en el mundo sin cambiar el curso de toda tu existencia?

Carla Carrillo