Hace unos meses atrás mi mamá falleció. Dos meses después falleció mi abuela. Las dos mujeres que habían sido el pilar de mi infancia se habían ido…

HABÍA. Ahí en la falta, en el espacio en el que habita ese HABÍA, es donde nace el dolor.

 

En mi experiencia como psicóloga he aprendido que, al ser humano, en líneas generales, no les gusta el dolor (salvo unos cuantos que lo disfrutan, pero de eso podemos hablar luego) a nadie le agrada atravesar ciertos procesos naturales de la vida porque sabemos que allí en esos lugares se encuentra el dolor. Lo que en ocasiones parece que se nos olvida es que todos nacemos del dolor, de la dilatación, del caos de un universo que explota en líquido amniótico y nos expulsa a este mundo cruel en donde solo el regazo de mamá nos hace sentir seguros… Ese lugar seguro, MI lugar seguro, se había ido, y yo estaba sola en medio del caos.

Mi mamá estuvo meses enferma en Venezuela mientras yo vivía en Buenos Aires. Ya algunos años atrás yo había vivido la muerte de mi papá de forma similar aunque mucho más rápida porque fue motivo de un accidente, y aunque nada te prepara para ese mensaje que te cambiará la vida, yo de alguna forma ya lo esperaba, no sé si por presentimiento o por ansiedad, pero yo sabía que ese mensaje llegaría, no en unos años sino muy pronto. Hasta que llegó.

Un sábado a media mañana mientras hacía mi desayuno, sucedió. Los sábados son mi día favorito de la semana; me encanta habitar en la paz de sus mañanas, en el silencio de todos durmiendo en sus camas la fiesta de la noche anterior, en el sonido del café hirviendo en la estufa, en los huevos rehogándose en la vieja y confiable sartén, en el olor del pan en la tostadora, en fin, una fiesta matutina preciosa, y fue en ese parrandón de olores y armonías que llegó el mensaje:

Carla mi tía estaba en la casa y murió. O algo así me escribió mi primo. Tengo el mensaje guardado, pero no me he atrevido a escucharlo de nuevo, ni para escribir este texto. No sé si algún día pueda hacerlo.

Lo que viene después de un mensaje como ese es DOLOR, en su estado más puro, dolor desesperado, dolor absoluto, un dolor como un incendio abrasador que quema todo y a todos, un dolor que sientes que te mata, y si, lo hace.

Si hay algo que tiene un dolor así, tan visceral, es que es arrasador. Me hace pensar en una escena de la serie Wanda Visión en donde ella, movilizada por el dolor de su pérdida, convierte a todo un pueblo en la fantasía de lo que ella siempre había soñado y que jamás podría hacerse realidad, y en esa expresion de dolor salia de ella un poder de color rojo rubí que alcanzó todo lo que estaba cerca. Yo no tengo tanto poder como ella, pero mi dolor arrasó con todo lo que yo tenía hasta ese momento, empezando por mis amistades…

Cuando atraviesas una pérdida, pasas por varias etapas que seguro ya conoces, pero hay algo de lo que casi no se habla y es que cuando estás atravesando un periodo de dolor, todo lo que no se parezca al dolor, te causa repulsión. Yo veía a mis amigos continuar con sus vidas, a las personas en la calle, la televisión, las redes sociales, y todo me causaba un rechazo intenso y profundo. Odiaba que la gente no sufriera como yo, conmigo.  Yo sentía que tenía las vísceras afuera de mi cuerpo y que solo la gravedad me mantenía en pie, mientras todos continuaban como si a mí el mundo no me hubiera explotado en la cara. El dolor te coloca en un lugar inalcanzable para otros.  No lo soportaba, así que me aislé. No quería compartir con nadie mi dolor, me encerré en el más tortuoso silencio, y todos los días le pedía a Dios no despertar al día siguiente.

Sin embargo, el día que mi mamá murió comenzó a gestarse dentro de mí un movimiento de trabajo personal que tendría la capacidad de cambiar el mundo, mi mundo. Y aprendí 3 cosas vitales respecto al dolor: 

La primera es que no puedes escapar de él, no hay absolutamente nada que te sirva para escapar de un dolor así. NADA. Piensa en cualquier cosa que se te ocurra ¿sexo? ¿drogas? ¿comida? ¿alcohol? ¿trabajo? repite conmigo: NADA. En ocasiones era insoportable estar dentro de mi, habitar mi propio ser se volvía insostenible, pero no había hacia dónde escapar, estás encerrado con el dolor.

La segunda cosa que aprendí es que si estás encerrado con el dolor lo único que queda es hacerle frente, y eso hice. Me dispuse a mirar a mi dolor de frente. Al comienzo con una mano infestada de pánico que tapaba mis ojos; luego así, sin nada, desnudos los dos, estudiándonos, odiándonos, conociéndonos. Había miles de pensamientos, culpa, soledad, angustia, ansiedad, ira, abandono, recuerdos de infancia. Pude estudiar todos mis huecos, palpar mi corazón roto en lugares que ni veía, llorar heridas tan viejas como la formación del mundo, vomitar todo mi resentimiento, gritar toda la rabia que por años me había tapado las arterias. Exploté en mí misma en la creación de mi nuevo universo, mi propio bigbang personal. El dolor del nuevo nacimiento.

Lo tercero que aprendí del dolor es que puede ser un maldito hijo de puta, pero también tu mejor amigo, y eso solo va a depender de ti y no de él. El dolor ES, así de simple. Existe, cohabita con nosotros en el mundo, nunca va a dejar de existir, no importa cuando desees que se vaya, cuanto quieras huir, cuanto lo ignores, va a hundir la garra en tu alma y se va a esconder cual rata dentro de ti, en un rinconcito oscuro, sin que logres verlo, ahí en silencio, y en el momento que menos lo esperes va a salir de su escondite con bombos y platillos a arruinar el momento más importante que tengas: una boda, un nacimiento, un nuevo trabajo, un cumpleaños, una amistad. Y no aparecerá en forma de dolor, se pondrá su mejor disfraz de miedo y saldrá a asustarte y tú te preguntarás ¿Por qué no puedo amar de nuevo? o sus miles de variantes, y vas de nuevo, tendrás otra historia arruinada.

Es por eso que al dolor se lo enfrenta, así, con las manos desnudas y el corazón vulnerable. Porque cuando uno se enfrenta al dolor a cara pelada, jamás volverá a ser el mismo. Uno se pelea con él, le reclamas, le tiras en cara todas tus pérdidas, le escupes todo tu odio. Luego él vendrá a arrullarte, a parirte, a cambiarte. Y ahí entenderás que el dolor amerita ser escuchado para que deje de ser ruido y se convierta en un murmullo amigable.