Fuiste y siempre serás el recuerdo más real y hermoso que estará guardado en el recoveco de mi atormentada y solitaria conciencia. Solitaria desde que no estás. Atormentada desde siempre.
Estas eran algunas de las palabras que estaban escritas en un papel raído que traía Willy Suberó en sus sudadas y temblorosas manos. Palabras que leía con desconsuelo y dolor frente a la tumba de Emile Mellow una fría tarde de invierno en Montevideo.
Willy era un hombre extraño en toda la extensión de la palabra, amaba las tardes largas y solitarias, confinado en las cuatro paredes de su casa. Desde niño tenía la obsesión de siempre lavarse las manos; no sé si era por los gérmenes o por ese constante sentimiento de sentirse sucio, pero lo hacía. Le encantaba comer sopa de letras pero siempre sacaba todas las letras “A” antes de comérsela, decía que era una letra muy abierta, casi libertina. Odiaba a las personas que se empeñaban en encajar con la sociedad y tenía siempre una mirada de insuficiencia que escondía detrás de unos lentes de pasta y una sonrisa que arrancaba suspiros.
En algún momento de cualquier día, Willy disfrutaba de la calma y el silencio en su limpio y organizado departamento, hasta que en un momento esa paz terminó. Una extraña música sonaba en el piso de arriba del departamento de Willy, era una mezcla de blues y música africana que su cerebro no lograba comprender.
Estaba indignado. Tomó su sweater por temor a enfermarse con el frío del otoño y subió a reclamarle al molesto vecino que irrumpía bullosamente en la organizada mente de Willy.
Era el departamento número 524, un número que quedaría grabado para siempre en su memoria desde ese día. Tocó el timbre, colocándose después el gel antibacterial que siempre llevaba en el bolsillo, sin saber que su vida iba a cambiar para siempre.
Una chica con la piel azúcar tostado abrió la puerta del departamento, su sonrisa era tan blanca como las delicadas teclas de un piano de cola:
–Hola ¿como estas?
Preguntó con su español recién aprendido
Toda ella una escultura: caderas pronunciadas, cabello negro hasta la cintura contenido en un turbante de colores alegres, pómulos pronunciados y redondos, al igual que sus grandes ojos café, envueltos en unas gruesas y oscuras pestañas.
– ¿En qué puedo ayudarte?
Su casa tenía un peculiar olor a café, piña y mango.
– Mi nombre es Emile Mellow:
Willy estupefacto aún, sin poder articular palabra le tendió la mano.
Emile era una chica proveniente de Brasil quien había llegado de vacaciones a la gran ciudad de Montevideo. Vivía la vida de manera peculiar, como si cada instante fuera el último, siempre vestía con colores alegres y tenía una risa ruidosa y contagiosa que Willy amaba y odiaba al mismo tiempo.
Esa tarde estuvieron juntos hasta altas horas de la noche. Emile le mostraba miles de fotos de su país que ella misma había tomado pero él solo pensaba en lo dulce que de seguro sabrían los labios de Emile: ¿mango, piña, o café? Eran solo estos tres sabores en los que podía pensar mientras Emile hablaba sin parar de los diferentes lugares que quería visitar, de su abuela, de las frutas de temporada, del color del cielo cuando son las cinco de la tarde, de los viajes que había realizado y de los que le faltan por hacer.
Willy se ofreció a ser su guía turística para este viaje, e internamente anhelaba ser el guía de cada viaje que Emile realizará a lo largo de su vida, pero por ahora solo tenía el presente y planeaba aprovecharlo.
Durante las dos semanas de vacaciones, Emile y Willy estuvieron juntos todo el tiempo; fueron a museos, cafés, parques, al jardín botánico y demás. Pasearon juntos en velero por el río de la plata y por primera vez en toda su existencia Willy sentía una felicidad que le brotaba desde el alma, Emile desestructuraba cada parte de su organizado ser con espontaneidad y dulzura. El señor Suberó estaba enamorado por primera vez.
Emile sabía que jamás había conocido un chico como Willy y esto le intrigaba. Cuando ella hablaba a mil por hora Willy era el único que la seguía con claridad, cuando se sentía acelerada, con una palmada en su hombro Willy le daba la tranquilidad necesaria para continuar: era su equilibrio. Él la amaba tal y como era y ella lo animaba a caminar según lo que dictara el latir de su corazón, parecía que habían nacido el uno para el otro, aun con las diferencias que cada día eran más obvias.
Cada día se acercaba más el momento en que Emile tenía que tomar una decisión: regresar a su país donde la esperaba su vida o escribir una nueva historia al lado de este hombre tan particular. En todo este tiempo él no había sido completamente honesto con sus sentimientos hacia ella, así solo habían suposiciones en su cabeza y unas ganas enormes de escapar con Willy a cualquier lugar del mundo.
Eran las cinco de la tarde, la hora favorita de Emile. Hora en donde el sol está en su punto más bajo y el día se torna color naranja quemado, hora donde aún queda cierta manta de calor en el ambiente; que combinada con el aire fresco de la noche que se acerca da un clima perfecto, hora en la que sería la última cita de Willy y Emile y estos tendrían que decidir. La cita era en el jardín botánico o como lo llamaba ella: “la casa de las flores”. Emile comienza con la pregunta más temida por Willy:
– ¿Qué sientes por mi Willy? Necesito saberlo, hemos pasado juntos estas dos semanas y aun no se qué pasa por esta cabecita.
Mientras acariciaba su cabello. Willy nunca había dejado que nadie llegara tan lejos.
– Emile cualquier palabra que use para describir lo que pienso de ti se quedaría corta.
– Inténtalo…
– Eres un poema hecho mujer, una alucinación producto de la imaginación de un trastornado. Jamás en toda mi vida me había sentido tan desestructurado, incómodo y fuera de lugar como en este tiempo que he estado a tu lado.
– ¿Eso está mal?
– No lo sé, pero nunca antes había sentido a mi corazón tan libre y redimido, como justo en este momento que te veo frente a mí. Emi, tú me vuelves loco, amo todo de ti.
– ¿Qué amas?
– Eso por ejemplo…
– ¿Qué?
– Tu manía de interrumpirme al hablar.
Emile le sonríe avergonzada y se lleva una mano a la boca.
– Tu risa ruidosa, esas caderas redondas que fueron hechas a la medida de mis manos. Aún, ese turbante extraño y estruendoso que siempre usas que se roba todos los colores y me deja soñando en blanco y negro.
– ¿Y entonces qué pasará?
– Nada Emile, seguirás tu vida tal cual como lo has hecho hasta ahora, de forma dulce y acelerada y yo seguiré aquí con mis manías y desaciertos en mi calmado y frío departamento. Creo que eres la mujer perfecta para viajar hasta la eternidad por ti, pero eres demasiado para mí.
– No te entiendo Will
– No eres lo que yo planifiqué. Siempre esperé estar al lado de otro tipo de mujer, una más tranquila y sosegada, que no interrumpa la biosfera de mi mundo. Creo que eres maravillosa y que muchos hombres darían la mitad de su vida por caminar siquiera un minuto bajo tu sombra. Pero yo no soy ese hombre.
Fui, entre todos, el más afortunado de tenerte a mi lado morocha, pero debes continuar sin mí.
Un silencio imperturbable se instaló en ambos corazones…
Emile, en su último intento de vulnerabilidad se acercó al rostro de Willy posando sus delicados labios de melocotón sobre los de él. Fue el beso más dulce y glorioso que Willy haya recibido en sus 24 años de vida.
El beso no duró más de cinco segundos. Luego Emile se marchó, no sin antes decir algo que iba a marcar el destino de ambos desde ese momento:
– A veces uno vuelve sólo para recuperarse y entonces poder irse entero
Willy no volvió a saber más nada de ella.
Desde ese momento la tristeza había invadido del alma de Willy como un virus maligno. No comía, ni dormía. Su forma de caminar y hasta de respirar, eran otras desde ese día. Soñaba con los ojos de esa mujer todas las noches, se despertaba atormentado y empapado en melancolía y sudor. No dejaba de recordar la última vez que los vio, llenos de lágrimas provocadas por su rechazo. Se odiaba por eso.
Hay algo que se instala en el corazón de un hombre cuando pierde a una mujer como Emille. La queja perpetua de un lobo herido que aúlla desde lo más profundo clamando una salida, una cura; una solución para tan grande vacío. Willy sabía que si quería volver a respirar tenía que emprender un viaje hacia sí mismo, era algo tan primitivo que si no lo hacía caminaría roto toda su vida.
Meses después Willy se encuentra frente a una tumba vacía, en un lugar inhóspito en algún rincón del mundo leyendo una carta de despedida y enterrando una valija llena de recuerdos dulces, olores eternizantes, sonrisas musicales, despedidas y besos imaginarios.
– Emi, desde el momento en que me tope con tu piel aterciopelada y vi tus rulos azabache supe que yo jamás volvería a ser el mismo, y cuando te fuiste supe que mi corazón siempre carecería de una pieza que le faltaba, una que lleva solo tu nombre Emile Mellow. Adiós mi morocha dorada.
Caminando de regreso, Willy sintió un aroma a café al pasar por un caserío del pueblo en donde se encontraba, fue imposible no detenerse, y se dio cuenta de algo curioso. Como una señal enviada de quien sabe donde, en las afueras de la casa había un cartel con estas palabras escritas: “Quien no lucha por amor no es digno de albergarlo de inquilino en su corazón”.
Una idea descabellada cruzó por la cabeza de Willy, si quería volver a sentir amor, tenía que luchar por él, y el amor para él tenía un solo nombre…
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