Al ser un inmigrante,

un forastero en tierra ajena;

te conviertes en un ser ignoto para ti mismo.

Todo lo que te construye

pasa a ser territorio desconocido e inhóspito

y el bamboleo de la vida

amenaza contra la claridad de tu existencia

haciéndote preso de tus propios temores.

Pero no, no se confundan,

Aun siendo una inmigrante no extraño mi patria.

 

No extraño el azúl onírico de sus cielos cerúleos,

Ni sus ríos de plata fundida a la luz de la luna.

No extraño el canto descarado de los pajaros en mi ventana

Y mucho menos esa venta

Que fue testigo silente de tantas cosas;

Amores no correspondidos,

Fiestas clandestinas, besos fugaces y soliloquios nerviosos.

No extraño a mi panadero de confianza,

El que sabía la temperatura exacta

Y con cuantas cucharadas de azúcar tomaba mi café,

Y del café ni hablemos.

Ese liquido prieto con sabor a eternidad que me acompañaba en cada momento;

Humeante, melancólico,

Dulce, espeso, delicioso, ¡no!

No me acuerdo en lo absoluto.

No puedo hablarles de mi árbol favorito

porque no sé nada de él.

de sus vestidos jaldes,

sus anchas ramas que se elevaban

con el atardecer ambarino de fondo,

su sombra protectora que me bañaba todas las tardes mientras leía.

su ofrenda de alfombras florales cada otoño.

No se nada de él.

Por más que lo intente

tampoco puedo recordar la vastedad de mi mar Caribe,

de sus aguas mansas,

su color cristalino y transparente

como las intenciones de un niño;

de sus tibios abrazos

y sus olas vesánicas que arrasaban

cada pequeño vestigio del mal de amores.

No logro recordarme en ese sol imperturbable,

en la arena caliente y su gente de playa

vendiendo coquios y pócimas de amor.

Por más que trato de hacer memoria no viene nada a mi mente.

Ya no extraño a mis amigos

y para nada rememoro esas noches de tertulias disparatadas,

o esos asaltos impulsivos a la heladera a las 3 de la madrugada

que solo eran excusas para contarnos los secretos a mitad de la noche.

las escapadas a territorios inhóspitos,

ese lenguaje primitivo que solo nosotros sabíamos hablar;

les juro que no recuerdo nuestras carcajadas

hasta que nos doliera la panza de tanto reír,

las chácharas en medio del silencio de los bancs,

nuestras miradas cómplices.

Ya no recuerdo a esos amigos que elegí llamar familia

y que ahora habitan en otros universos.

El destierro trae consigo

una despersonalización traicionera,

cruel.

una maldita melancolía que te abarca todo el pecho

y amenaza con robarte la paz.

Te hace un fugitivo en tu propia tierra

y un desconocido en la ajena.

Pero no,

yo no quiero perderme.

Necesito volver a encontrarme en este vasto universo.

Quizas en todo aquello que olvidé

y estoy segura que también

en todo lo que vendrá.